
Para decidirme solo me quedaba superar una cuestión. La foto que servía de base al retrato requería posar a pecho descubierto y ese verano estaba con un par de kilos de más, me veía un poquito fondón. Solamente un poquito pero ¡que le voy a hacer!, y además, como dicen los que saben de esto, una foto nunca se sabe donde puede acabar, y menos en la era de internet donde nada desaparece para siempre.
Me pidió que posara como cuando miro hacia adentro, en realidad no me dijo que posara, sino que mirara hacia adentro, que hiciera lo que hago cuando miro hacia adentro. Tampoco estoy seguro de que me dijera eso exactamente, pero sí de que eso fue lo que hice.
Pasaron unas semanas de la vuelta a casa y una vez nos pusimos de acuerdo sobre el tamaño, recibí el lienzo. Había sido precedido por unos cuantos emails con la imagen y las reflexiones en primera persona de Loreto. Me contaba cómo había vivido el proceso creativo, lo qué había sentido, sus emociones, ...
La imágen me impactó y mucho más acompañada con aquellas palabras. El predominio del color marrón, que me atrapaba y envolvía completamente era inquietante si se le daba un significado de apresamiento, de atrapamiento. Me hablaba de anclajes antiguos y profundos que me mantenían inmóvil, apático y sin fuerza. Capas profundas, oscuras, viejas.... que me robaban la fuerza vital, mis ganas de vivir. Pero a su vez había vías de apertura a través de mis manos. Unos caminos para la comunicación con el exterior que abrigaban la esperanza. El conjunto era una imágen bastante equilibrada, que a mí curiosamente me transmitía calma. Se daba la paradoja de que la experiencia de Loreto al crear la imágen y la mía al verla no eran del todo coincidentes. Cuando se trabaja con símbolos pueden ocurrir estas cosas.
Sea como fuera, el resultado fue un auténtico revulsivo, no cabían escusas. Había que ponerse a trabajar y echar luz sobre estos anclajes. Evitar el trabajo cuando no eres consciente del problema, vale, pero una vez te haces consciente de él, hay que afrontarlo, o al menos eso es lo que yo pienso.
Nuestros mecanismos de autodefensa, para evitar el dolor, nos ayudan a tapar todas las cuestiones incómodas. Seguir en la rutina es lo más fácil y las viejas historias, mejor no tocarlas. Si hace falta nos autoengañamos y decimos que el resultado final no es tan malo, que si pones en una balanza lo bueno y lo malo, gana lo bueno. Y puede que así sea, pero también es verdad que todo verdadero cambio conlleva un período de crisis, donde nuestros apoyos se tambalean, lo que antes nos servía, ahora no nos sirve y sentimos ganas de volver hacia atrás, hacia la comodidad y la tranquilidad. Hace más calor en casa, en lo conocido, que afuera. Pero nos ponemos en marcha, nuestros sentidos están más alerta, hacemos cosas que antes no hacíamos, cambiamos nuestra rutina, superamos algunos pequeños miedos, uno tras otro, poco a poco, y al final llegamos a puerto, no se sabe ni cómo ni cuando pero hemos subido de nivel, hemos crecido, somos más sabios, más personas, ¡bendita crisis!
Decirlo es fácil, no tanto hacerlo. El estado ideal, es el de crisis permanente pero no hay cuerpo que lo aguante.
Yo creía saber cuales eran mis anclajes y me puse a trabajar sobre ello. Yo solo sobre mí mismo, y no me fue mal. Eché un poco de luz sobre mis razones y mis creencias, me volví a preguntar si mis principios eran todavía válidos, si me eran útiles, si me servían o por el contrario me esclavizaban. No es un tema fácil, pero uno consigo mismo enseguida llega a un acuerdo, a una solución de compromiso para no pasarlo muy mal. Y así zanjé el tema. No es que fuera inútil, que no lo fue, sino todo lo contrario, fue muy útil, solo que había una prueba que superar, “la prueba del algodón”.
Los objetivos por etapas son más fáciles de llevar. A veces, cuando pretendemos resolverlo todo de un golpe acabamos insatisfechos, solo por no cubrir todas nuestras expectativas. No apreciamos el importante avance que ha supuesto nuestro movimiento, lo que nos ha acercado hacia donde queremos ir. No hemos llegado pero, ¿es bueno llegar?, a veces pienso que lo interesante es seguir avanzando, sin pausa. Lo interesante no es llegar y detenerse sino caminar, llegar y seguir caminando, buscar la forma de seguir mejorando.
A los meses recibí un nuevo correo en el que Loreto me decía que mi imagen le pedía cambios y se había puesto a trabajar sobre ella. Mi sensación era que todavía estaba en tránsito y que no había lugar para un nuevo retrato, pero, ¿quien soy yo para decidir sobre este tema? Como ocurre con la belleza, no tiene que ser cómodo convivir con la capacidad de “ver”. Si el cuadro reclamaba cambios, ¿por qué no hacerlos?.
En esta ocasión las palabras que acompañaban a la nueva imagen no me revolvieron tanto , quizás porque decían algo que de alguna forma ya sabía: había cambios en mí pero se mantenían ciertos anclajes. En cualquier caso también tuvieron un efecto, un resultado positivo, que fue el de decidirme a hacer la “prueba del algodón”, dar un paso más, dejar que alguien mirara dentro de mis zonas oscuras.
Hay gente que comparte con amigos o personas cercanas sus dudas más íntimas y las cuestiones que más le preocupan. Al compartirlas se sienten más liberadas, no es que esperen la solución o el consejo (a poca gente le gustan los consejos) sino que el solo hecho de contarlas ya les ayuda.
Yo tengo un pequeño grupo de amigos con los que hablo abiertamente de estas cuestiones. Normalmente alrededor de una cerveza y comiendo un pincho. Esta vez quise ir más allá y quedé con un amigo psicólogo para que me echara un vistazo, no alrededor de una cerveza, sino en su consulta. Yo soy de esos que les da reparo ir al psicólogo, voy mucho al masajista pero al psicólogo... ¡en fin!. Me digo que no lo necesito, que yo ya sé mucho de estas cosas, que bla bla bla. Esta vez lo hice. Bien es cierto que era un amigo, pero lo que en definitiva cuenta es que me puse en sus manos.
No se desvelaron grandes secretos, ni traumas infantiles, ni nada aparentemente importante. Y si los había, ¡que nunca se sabe!, no parecían afectarme mucho. Ni siquiera quedamos para una segunda vez. Lo que sí hubo fueron matices, detalles, pequeños descubrimientos que me llevé conmigo y que dejé trabajando en mi inconsciente para ver que cambios producían.
Ahora pasado un tiempo escribo sobre ello con la sensación de que he dado pasos hacia adelante. Sigo quiescente, no soy un ser iluminado, pero como dijo alguien en un libro que acabo de leer: “No hay seres iluminados sino momentos de iluminación”, Getget.
Gurutz.






